Sexta pieza

Después de un tiempo en que se han fortalecido en la lucha contra las sabandijas, los hermanos, por la gracia de Dios, logran llegar a la sexta pieza. Rodrigo le pasa la llave a Teresa y al traspasar la puerta quedan encandilados por el exceso de luz. Las campanitas les suenan y las luces del farol se
vuelven relucientes. Están muy cerca de la pieza del Rey esto les produce una curiosidad enorme, no saben qué les va a pasar, solo saben que cada día aman más a las personas que los rodean. Sus amigos se ríen porque rezan, esto les provoca una gran pena, ellos no sospechan los tesoros que podrían conocer si entraran al Castillo.

De un momento a otro la pieza se oscurece, se olvidan del manto y del farol sintiendo un frío terrorífico, no encuentran los anteojos y por todos lados aparecen sabandijas que se burlan de ellos tentándolos con grandes dudas de “fe” como que Jesús no existe... que no los quiere y ellos se ponen a llorar al sentir estas cosas, porque se creen desamparados.

Los hermanos se mueven de un lado a otro en la oscuridad, totalmente perdidos y sin saber dónde ir. Es como una tempestad donde ningún consuelo les sirve, esta prueba la viven con mucha angustia... de pronto aparece Jesús ¡todo vuelve a la calma! de nuevo todo es luz. Recuperando el manto y el farol, les parece haber vivido una tenebrosa pesadilla.

Ahora, el exceso de luz les refleja las oscuridades de sus almas a pesar de que todas las faltas que habían cometido Jesús ya se las había perdonado, verse con estas manchitas les produce mucho dolor, acercándose Jesús los abraza y les cuenta algunos secretos del cielo que guardaba para mostrarles en este momento. El último secreto es el “amor” con que Él ha olvidado sus maldades. En ese momento sus almas quedan en total unión con Jesús, ya no tienen palabras para expresar lo que sienten, Teresa ve a la pequeña mariposa que trata de volar hacia la pieza del Rey pero un hilo muy delgado la mantiene todavía atada a las afueras del Castillo. La mariposa les refl eja el doloroso anhelo de sus almas por no poder llegar aún al encuentro del tesoro.

Se ponen nuevamente los anteojos y mirando por la ventana ven una gran fuente donde angelitos chapotean felices mientras las aguas fl uyen calmando la sed de amor de las personas. Los hermanos tienen la esperanza que Jesús cuando quiera les dará a beber de esas aguas. Por el momento solo les importa estar con Él.